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Educación

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Recientemente se han celebrado las elecciones sobre la aceptación o no de la jornada continua en muchos de nuestros centros educativos, una de las polémicas más encendidas en sus puertas durante los últimos tiempos, y mirad si la escuela puede dar oportunidades (hasta más justificadas) para el enardecimiento de los ánimos. Las decisiones validadas por los votos, apenas han dejado espacio más que para la resignación de unos y unas y la satisfacción de otras y otros. Ni más ni menos.

¿Contribuirán los nuevos horarios o el mantenimiento de los actuales, sin más,  por sí mismos, a una mejora de la educación? Permitidme que lo dude, como dudo de la naturaleza educativa de muchas de las reivindicaciones esgrimidas antes de estas elecciones. No estoy diciendo que no sean respetables, en todo caso, el escrutinio manda, sino que no están fundadas lo suficiente en criterios educativos y que participan de muy diversos intereses que no tienen que ver con ellos, por mucho que se hayan invocado argumentos de esta clase como decisivos a la hora de elegir.

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Algunos encuentros con responsables de educación de varios municipios de la comarca, relativos a jornadas de formación en las que de una u otra manera ha colaborado el Centro de Formación, Innovación y Recursos Educativos (CEFIRE) de Elda, me llevan hoy a escribir unas líneas sobre el rol de nuestras ciudades y pueblos en la educación. ¿Qué labor pueden ejercer como agentes al lado de otros quizás más reconocidos o reconocibles en su competencia? ¿Hasta qué punto como territorios cercanos, inmediatos, en el ejercicio de la ciudadanía juegan o han de jugar un rol protagonista en el desarrollo de aquella? ¿En qué medida se ven transformados a partir de dicho desarrollo?

La revisión del panorama normativo (la LOE-LOMCE, la Ley de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local LRSAL...) no resulta tan halagüeña como cabría esperarse, partiendo de esta ventaja de proximidad, para la administración municipal frente a otras. Hay una percepción bastante generalizada de que, hoy por hoy, los ayuntamientos no son administración educativa, al menos en la misma medida que los órganos competentes de la Administración general del Estado o de las Comunidades Autónomas. Los ayuntamientos se ven privados de las competencias más significativas en materia de educación y relegados a un papel subordinado o auxiliar. (Ver un resumen de ellas en Muñoz Moreno y Garin Sallán, 2014, p. 174-175).

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El pasado 12 de febrero se celebró el Día Internacional contra el uso de niños y niñas soldados, término referido a cualquier persona menor de 18 años que esté o haya sido reclutada o utilizada por un grupo o fuerza armada en cualquier condición.

Un año más asistimos al triste espectáculo de un mundo que permite obligar a alrededor de 300.000 niños y niñas a servir bien como combatientes bien como auxiliares en tareas de intendencia y apoyo: buscar agua, alimento, cocinar, etc. bien en otras como la de convertirse en recompensa como esclavos y esclavas sexuales para quienes integran esos ejércitos.

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No se me interprete mal, elegir el título de esta canción de mediados de los 50 como encabezamiento de una entrada que pretende reflexionar sobre el sentido del futuro en la educación no obedece a la ironía o al desencanto. Por el contrario, la motiva la simple meditación sobre una idea que ya me rondaba y me ha acabado de despertar un artículo publicado recientemente en INED21 por Julia de Miguel, divulgadora y formadora: "Exceso de futuro en la educación".

No se me interprete mal, no se trata de desvincular educación y futuro. No tendría razón de ser en tanto que pensar en aquel es fundamental para trazar los objetivos de nuestra práctica educativa presente. Los sistemas educativos en su orientación a la forja de una ciudadanía útil e integrada en la sociedad siempre han contado con la referencia de un futuro, si bien algo más predecible en otros tiempos, como horizonte y respaldo de sus actuaciones.

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El día 30 de enero, aniversario de la muerte del Mahatma Gandhi, se celebra en España el Día Escolar de la No-Violencia y la Paz (DENYP). Es una fecha de gran visibilidad para la comunidad educativa en la medida en que concita esta a través de numerosas actividades que tienen en esta temática su razón de ser.

La educación para la paz se entiende como el "proceso de adquisición de los valores y conocimientos, así como las actitudes y comportamientos necesarios para conseguir la paz personal, entendida como vivir en armonía con uno mismo, los demás y el medio ambiente". Casi nada. Contemplada así, en toda su extensión de educación en valores como el respeto a los derechos humanos, la democracia, la interculturalidad, la solidaridad, etc. algunas manifestaciones de esta celebración parecen radicalmente insuficientes o anecdóticas. Vista así, merecería la pena mirarnos al espejo educativo y reflexionar en torno a lo que nos jugamos, sobre la necesidad de entender cómo estamos provoviendo una cultura de paz desde la escuela más allá de las canciones, las palomas o el espectáculo colorista delante de las familias.

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La semana pasada algunos medios de comunicación locales se hicieron eco del inicio en Elda, en el Centro Cívico y Juvenil,  de la formación específica para coordinadores y coordinadoras de igualdad y convivencia (CIC) de centros educativos del ámbito del CEFIRE de Elda. Fue la primera sesión presencial de un total de cinco, que se desarrollarán hasta mayo, congregó a más de 100 docentes de centros públicos y concertados.

En breve se abrirá un espacio virtual complementario donde se desarrollarán diversas tareas dirigidas tanto a la sensibilización coeducativa como al establecimiento de un diagnóstico de la situación de nuestras escuelas. En ella se abordarán contenidos y conceptos como feminismo, escuela mixta, currículum oculto y coeducación, socialización, corresponsabilidad, prevención de la violencia, micromachismos, relaciones afectivo sexuales sanas, identidad y diversidad sexual y discriminaciones basadas en ellas, convivencia positiva, buenas prácticas educativas, etcétera.

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El comienzo del año y la vuelta de vacaciones a la escuela nos sitúan ante sentimientos encontrados. Por una parte, cierta pereza motivada por el regreso a las rutinas cotidianas y a la actividad más reglada, tras el descanso y las ocupaciones quizás más erráticas pero, en muchos casos, tan provechosas personal y profesionalmente. Por otra, una no menos cierta ilusión al abrigo del año que comienza, una trampa en forma de número mágico que nos tendemos y en la que nos agrada caer de alguna manera. 

Decía Julián Marías en su Breve tratado de la ilusión que lo decisivo en ella es la anticipación. Nos ilusiona lo que va a llegar, lo que va a venir, lo que va a acontecer. La llegada del nuevo año es caldo de cultivo para los propósitos más nobles y los más improbables, también en el ámbito educativo.

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Hace semanas que los por todos los medios, en los contextos más inverosímiles, a todas horas en función del perfil del público consumidor y de sus necesidades más o menos superfluas nos anuncian que llega la Navidad.

La Navidad y sus vacaciones plantean cada año, desde el punto de vista educativo, numerosas cuestiones que van desde el arrostrar el cambio de rutinas y de horarios a la pertinencia o no de proponer refuerzos ante los desiguales resultados de la primera evaluación, en suma, muchas dudas referentes a la planificación cotidiana, quebraderos de cabeza añadidos a los ya de por sí conflictivos encuentros de propios y extraños en torno a una mesa.

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La presentación de los resultados de PISA este 6 de diciembre suena un tanto a secuela de gran producción cinematográfica, a la altura del interés mediático que genera, para bien o para mal, o un tanto a amenaza, no sé si fantasma o no, para cualquier responsable educativo retratado en la clasificación.

Una de mis primeras entradas en este blog Conceptos educativos: PISA se refería a dicha iniciativa de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) conocida por esas cuatro sencillas letras, PISA (Programme for International Student Assessment o Programa para la Evaluación Internacional del Alumnado), que cada tres años, como ave migratoria de paso, acampa en nuestros periódicos y tertulias varias. En ella abordaba con brevedad una serie de cuestiones problemáticas asociadas al, con toda certeza, más influyente informe en el campo educativo:

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Durante el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y en fechas vecinas a ella se suceden convocatorias y actividades, también en nuestros centros educativos, que ponen de manifiesto la discriminación y el dolor sufrido por la mitad de las personas que habitan nuestro planeta por el hecho de ser lo que son. Generalmente hacen especial énfasis en los resultados más graves de estas prácticas violentas, los asesinatos de mujeres o aquellas agresiones físicas contra ellas tan evidentes que su repudio nos parece algo obligado.

En menos ocasiones adquieren semejante protagonismo, durante celebraciones tan significativas como esta, las prácticas de violencia cotidianas más sutiles, pero deudoras de los mismos principios de dominación, prácticas de las que somos menos conscientes o absolutamente inconscientes.

A principios de los años 90, el psicoterapeuta Luis Bonino acuñó el término de micromachismos para referirse a estas prácticas "micro", sutiles, pequeñas, cotidianas, casi imperceptibles, toleradas por lo general, legitimadas incluso por la ley de la costumbre y la inercia de quienes, de manera cobarde, asumimos tantas veces la injusticia como herencia inveterada e inevitable.

Acerca del autor

Autor: Jesús María "Pitxu" García

Jesús María "Pitxu" García Sáenz (Vitoria-Gasteiz, 1970) es doctor en Filosofía y Letras (sección Filología Hispánica) por la Universidad de Deusto. Como profesor de Secundaria ha trabajado en el IES Azorín de Petrer y en el CEFIRE de Elda, en la asesoría de plurilingüismo y en las de referencia sobre programas europeos y coeducación.

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