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Educación

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El comienzo del año y la vuelta de vacaciones a la escuela nos sitúan ante sentimientos encontrados. Por una parte, cierta pereza motivada por el regreso a las rutinas cotidianas y a la actividad más reglada, tras el descanso y las ocupaciones quizás más erráticas pero, en muchos casos, tan provechosas personal y profesionalmente. Por otra, una no menos cierta ilusión al abrigo del año que comienza, una trampa en forma de número mágico que nos tendemos y en la que nos agrada caer de alguna manera. 

Decía Julián Marías en su Breve tratado de la ilusión que lo decisivo en ella es la anticipación. Nos ilusiona lo que va a llegar, lo que va a venir, lo que va a acontecer. La llegada del nuevo año es caldo de cultivo para los propósitos más nobles y los más improbables, también en el ámbito educativo.

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Hace semanas que los por todos los medios, en los contextos más inverosímiles, a todas horas en función del perfil del público consumidor y de sus necesidades más o menos superfluas nos anuncian que llega la Navidad.

La Navidad y sus vacaciones plantean cada año, desde el punto de vista educativo, numerosas cuestiones que van desde el arrostrar el cambio de rutinas y de horarios a la pertinencia o no de proponer refuerzos ante los desiguales resultados de la primera evaluación, en suma, muchas dudas referentes a la planificación cotidiana, quebraderos de cabeza añadidos a los ya de por sí conflictivos encuentros de propios y extraños en torno a una mesa.

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La presentación de los resultados de PISA este 6 de diciembre suena un tanto a secuela de gran producción cinematográfica, a la altura del interés mediático que genera, para bien o para mal, o un tanto a amenaza, no sé si fantasma o no, para cualquier responsable educativo retratado en la clasificación.

Una de mis primeras entradas en este blog Conceptos educativos: PISA se refería a dicha iniciativa de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) conocida por esas cuatro sencillas letras, PISA (Programme for International Student Assessment o Programa para la Evaluación Internacional del Alumnado), que cada tres años, como ave migratoria de paso, acampa en nuestros periódicos y tertulias varias. En ella abordaba con brevedad una serie de cuestiones problemáticas asociadas al, con toda certeza, más influyente informe en el campo educativo:

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Durante el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y en fechas vecinas a ella se suceden convocatorias y actividades, también en nuestros centros educativos, que ponen de manifiesto la discriminación y el dolor sufrido por la mitad de las personas que habitan nuestro planeta por el hecho de ser lo que son. Generalmente hacen especial énfasis en los resultados más graves de estas prácticas violentas, los asesinatos de mujeres o aquellas agresiones físicas contra ellas tan evidentes que su repudio nos parece algo obligado.

En menos ocasiones adquieren semejante protagonismo, durante celebraciones tan significativas como esta, las prácticas de violencia cotidianas más sutiles, pero deudoras de los mismos principios de dominación, prácticas de las que somos menos conscientes o absolutamente inconscientes.

A principios de los años 90, el psicoterapeuta Luis Bonino acuñó el término de micromachismos para referirse a estas prácticas "micro", sutiles, pequeñas, cotidianas, casi imperceptibles, toleradas por lo general, legitimadas incluso por la ley de la costumbre y la inercia de quienes, de manera cobarde, asumimos tantas veces la injusticia como herencia inveterada e inevitable.

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El pasado 16 de noviembre se celebró el Día Internacional para la Tolerancia en un contexto educativo salpicado, al mismo tiempo, por noticias que tenían que ver con actitudes y comportamientos intolerantes. No me remito solo al reciente vídeo viral donde el alumnado de un centro de secundaria estadounidense, coreaba Build the wall, build the wall (Construid el muro) haciendo referencia a uno de los mensajes electorales de su hoy presidente electo.

No hay que irse tan lejos de nuestras escuelas e institutos para encontrar otros muros, construidos de materiales menos tangibles pero igual de peligrosos e infranqueables, muros debidos a una intolerancia, por desgracia, demasiado tolerada.

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Esta semana ha tenido lugar en Alicante la jornada provincial en la que el Servei d'Idiomes i Programes Europeus de la Conselleria de Educació, Investigació, Cultura i Esport ha presentado la herramienta (y auténtica comunidad escolar) eTwinning a docentes de nuestro entorno. Aprovechando la ocasión, me parecía interesante abordar desde esta entrada una iniciativa con más de diez años de vida, nació en 2005, y, pese a ello, muy desconocida en todo su potencial.

Desde su lanzamiento en 2014, eTwinning es parte de Erasmus+, programa al que ya nos hemos referido en este espacio y que recoge diversas acciones en materia de educación, formación, juventud y deporte en el ámbito europeo. Dentro de este súper programa y con una paulatina vinculación mayor a algunas de sus acciones, eTwinning ofrece una plataforma a los centros escolares y sus profesionales y, a través de este colectivo, al alumnado, con el fin de que se comuniquen, colaboren y desarrollen proyectos en común a través de variadas herramientas en línea con un grado de seguridad contrastado para el contexto de uso escolar.

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El pasado lunes 24 de octubre se conmemoró el Día de la Biblioteca con el objetivo de visibilizar la importancia de la biblioteca como lugar de lectura y de cultura clave en el desarrollo, la formación de la ciudadanía y la convivencia. La iniciativa de su celebración en España corresponde a la Asociación de Amigos del Libro Infantil y Juvenil, de ahí el especial protagonismo de la infancia y la juventud en las actividades que suele generar.

En la vigésima edición de este día es pertinente recordar su origen, precisamente haciendo hincapié en el papel de encuentro y de espacio de convivencia. Muy alejado de este ideal, se nos recuerda un episodio luctuoso. En agosto de 1992, en plena Guerra de los Balcanes, Nikola Koljevic, un profesor de sólida formación académica de la Universidad de Sarajevo especializado en la obra de Shakespeare, que ocupaba por aquel entonces un puesto político relevante en la  República Srpska, ordenó reducir a cenizas la biblioteca de esta ciudad mediante un incesante bombardeo. Desapareció gran parte de sus fondos y manuscritos y rarezas bibliográficas irremplazables. Cinco años después, Koljevic murió como consecuencia de las heridas sufridas al intentar suicidarse.

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Desde siempre hemos creado cosas, las hemos inventado o fabricado en la medida de nuestras posibilidades y necesidades. Es un rasgo atávico de los seres humanos, por decirlo así, perteneciente a su idiosincrasia. En los últimos años se ha dado un salto cualitativo en esta cultura del hacer con cierto impacto en la economía y la sociedad, una tendencia emergente que también cabe relacionar con la educación que responde a sus retos.

El movimiento o cultura maker se ha popularizado en la actualidad como consecuencia de algunos factores propios de nuestro tiempo: disponibilidad de tecnologías y herramientas de diseño y fabricación más accesibles (por ejemplo, las impresoras 3-D), un mundo globalizado y conectado por redes que facilitan la financiación colaborativa (crowdfunding o micromecenazgo), la fabricación en cierta cantidad por encargo y la distribución y comercialización de creaciones.

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La sucesión de celebraciones, de "días de" cada día del calendario, más y menos enraizadas en el imaginario colectivo, nos ha traído esta semana la del Día Internacional de la Niña (11 de octubre). Esta conmemoración fue aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas en 2011, reciente comparada con otras, pero parece bastante afianzada en tanto que el fin que persigue, crear conciencia sobre la situación de las niñas en el mundo se observa como una urgencia en el desarrollo futuro de este.

No en vano, uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, el número 5, se dedica a ello: Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas. La educación juega un rol protagonista a la hora de llevar a cabo este propósito, en la medida en que contribuye al empoderamiento de las niñas y las mujeres  y les otorga una competencia y una influencia que se traducen en beneficio para todas las personas. Solo hemos de imaginar el potencial de los 1.100 millones de niñas que pueblan el planeta en la actualidad.

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El pasado domingo se estrenó en La 1 de TVE el programa Poder Canijo, un espacio en el que durante una hora, varios profesores y profesoras exponían experiencias innovadoras llevadas a cabo en el aula. Una corrección: no es que la hora completa se centre en las cuatro intervenciones docentes. A lo largo, y de veras que se alargan, de estos 60 minutos, también pudimos sufrir con la intervención de dos seres llamados Tikis y Mikis, que recuerdan de forma muy sospechosa a los personajes Trancas y Barrancas del programa El Hormiguero, las ocurrencias de unos niños y niñas de primaria, supervivientes de algún implacable casting, y varias intervenciones, no siempre afortunadas, de quienes colaboran.

El programa venía precedido antes del estreno de un inacostumbrado revuelo mediático, tanto por los apellidos de sus promotores (Fundación Telefónica) como por el debate suscitado, sobre todo, en las redes sociales acerca de sus pretendidas bondades o maldades. Toda esta expectación terminó objetivamente en un comienzo flojo con un 5,2 % de cuota de pantalla y alrededor de 665.000 televidentes.

Acerca del autor

Autor: Jesús María "Pitxu" García

Jesús María "Pitxu" García Sáenz (Vitoria-Gasteiz, 1970) es doctor en Filosofía y Letras (sección Filología Hispánica) por la Universidad de Deusto. Como profesor de Secundaria ha trabajado en el IES Azorín de Petrer y en el CEFIRE de Elda, en la asesoría de plurilingüismo y en las de referencia sobre programas europeos y coeducación.

[Derecha fijo] Valle de Elda

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