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Rosa María presenció los hechos con 5 años y ha vuelto a la casa donde su padre asesinó a su madre | Jesús Cruces.

El atroz asesinato que ocurrió hace ahora 40 años en Elda todavía da que hablar. Todo ocurrió una mañana de agosto de 1977 en la pequeña casa de campo del paraje de Salona de Bolón,y tras cuatro décadas todavía existen numerosas incógnitas en torno a este asesinato que se descubrió cinco años después gracias a una niña de solo 10 años, Rosa María, la hija de la mujer asesinada que fue testigo del crimen. Esta vivienda, en estado de abandono desde entonces, es una zona conocida en Elda, frecuentada por muchos vecinos y un punto de encuentro por amantes del misterio que tratan de obtener psicofonías, e incluso hace unos meses el programa Cuarto Milenio hizo un reportaje sobre lo ocurrido. En 1995 se rodó una película que recrea lo que sucedió en la casa de Bolón en 1977, titulada “Una casa a las afueras” con  Juan Echanove y Emma Suárez.

Todo ocurrió una mañana de agosto de 1977 a las faldas de Bolón, entonces se produjo el asesinato de Adelina Mira-Pércival Javaloyes,  de 39 años de edad, a manos de su marido, un policía retirado de Elda, Francisco Beltrán Martí, de 62 años, de un disparo de escopeta. Todo ello lo presenció la hija de ambos, Rosa María Beltrán, de tan solo cinco años. Lo más sorprendente es que Rosa María continuó viviendo con su padre durante cinco años más porque no se descubrió el crimen hasta que ella denunció los hechos a la Policía con el apoyo de una tía materna. Cuando se cumplen 40 años de este atroz suceso, Rosa María ha vuelto a la que fue su casa junto a la asociación eldense Exploradores de Misterios.

Rosa María recuerda que ya la noche de antes del suceso, su madre le dijo que si algo malo le ocurría, debía ir con su tía, que vivía en Alicante y alertarla de su ausencia. Ella era demasiado pequeña y no comprendió por qué le decía aquello. Su madre durmió esa noche en el coche que estaba en el garaje, mientras ella y su padre se quedaron en el interior de la pequeña casa de campo.


Rosa María muestra una imagen de ella junto a sus padres| Jesús Cruces.

Por la mañana, parecía un día cualquiera: su madre les hizo el desayuno y después salió de la vivienda para tirar la basura. Fue entonces cuando vio cómo su padre cogía una escopeta e iba tras de su madre. Ella, a pesar de su corta edad, explica que trató “de impedirle que le hiciera algo a mi madre, me puse entre ellos, pero mi padre me dio un empujón y caí de espaldas frente a mi madre”. Entonces sin apenas tiempo para reaccionar, vio cómo su madre recibía un disparo y se desplomaba. Lo que ocurrió después es duro de recordar para Rosa, pues asegura que él “me pidió que lo ayudase a empujar el cuerpo de mi madre hacia el pequeño barranco junto a la casa y a continuación la cubrió con piedras”. Cuando estaba llorando en su habitación, su padre le pidió que recogiese sus cosas para regresar a su casa de Alicante, en la calle Colón, no sin antes decirle que no podía contar a nadie lo que le había ocurrido a su madre y si alguien preguntaba “debía decir que se había ido de viaje”, explica Rosa.

Durante los cinco años siguientes Rosa malvivió con su padre, de quien asegura que le maltrató física y psicológicamente, y que por miedo no contó el asesinato de su madre a nadie, ya que temía que “me hiciese algo a mí”. Entre semana vivía en un colegio interna, mientras los fines de semana los pasaba con su padre entre Alicante y Elda. Juntos fueron durante mucho tiempo en la finca “Adelina”, nombre que puso Francisco en honor a su mujer, a la que mató sin compasión unos años después.


Componentes del grupo Exploradores de Misterios acompañaron a Rosa María a su antigua vivienda| Jesús Cruces.

Ella admite que no estaba bien allí, sabiendo que su madre estaba enterrada a solo unos metros. Con el paso del tiempo fue comprendiendo, a pesar de su corta edad, que aquello había sido un asesinato. Su padre no la trataba bien, explica que “cuando quería me encerraba en mi habitación, con candado, me daba agua, pan y un orinal y se marchaba durante días”.  

Así vivió durante cinco años hasta que uno de los fines de semana en que iban al campo, cuando su padre la encerró, vio que algunos barrotes de una de las ventanas de su habitación habían sido forzados, por lo que rompió el cristal y se escapó. Tuvo que  hacer autostop hasta en tres ocasiones para llegar a la casa de su tía, en Alicante, como le había pedido su madre cinco años atrás. Fue a mediados de julio de 1982 y Valle de Elda recogió la noticia.

Junto a su tía acudió a la Comisaría para denunciar lo ocurrido. Al día siguiente la policía localizó el cadáver semienterrado con piedras, después de que Rosa, con tan solo diez años de edad, indicara el lugar exacto. Rosa María afirma que le impactó ver entonces restos del delantal verde de lunares que llevaba su madre, y que ya no quiso mirar más.

El juicio se celebraría dos años después, cuando ella tenía 12 años. A su padre lo condenaron a más de 20 años de prisión por el asesinato de su mujer y ya no salió de prisión, pues 11 años después del suceso, falleció en Foncalent. Para Rosa “fue un descanso, no fue un padre apropiado ya que me arrebató la posibilidad de tener una madre, algo irreemplazable; mató a su mujer y luego no supo criarme". Sin embargo, asegura que lo ha perdonado "porque era mi padre y porque quiero vivir mi vida sin resentimientos”. De hecho, fue a visitarlo a la cárcel en algunas ocasiones “pero nunca me llegó a decir por qué lo hizo, yo creo que era un psicópata y que tenía celos de cómo me quería mi madre, nunca superó que mi madre quisiese a alguien más”.

A sus 46 años, Rosa recuerda a Adelina, su madre, como “una mujer alegre, cariñosa, que me trató como a una hija, a pesar de que me adoptó cuando yo tenía dos años y nueve meses”. Tal es el cariño que siente por su madre que se tatuó su nombre en el brazo.  No puede evitar romper a llorar al afirmar que apenas guarda recuerdos de ella y que lamenta haberla perdido: "Mi madre tenía una larga vida por delante y él se la arrebató; eso no sé lo que fue, pero no fue amor”. Al pensar en todo lo ocurrido siente “impotencia, mi padre me arrebató la posibilidad de tener una madre, la he echado de menos en los momentos más importantes de mi vida, la echo mucho de menos”. Ahora vive en una pequeña localidad de Lugo, con su tío biológico, al que conoció tras descubrir que era adoptada e investigar sus orígenes. No obstante, Rosa María continúa ligada a nuestra localidad, pues en Elda tiene una prima, mientras que en Aspe, de donde era Adelina, mantiene la relación con dos tías y con otra de Alicante.

A la finca “Adelina” solo se puede acceder a pie, ya que el camino se ha borrado por el paso del tiempo. En su visita, que aseguró fue dura, recorrió de nuevo la casa, de la que ya solo quedan las cuatro paredes, los tabiques se han perdido y está totalmente abandonada. Ahora pertenece al Ayuntamiento, según Rosa.  Lamenta que cuando su tía, hermana de su madre, se hizo su tutora legal, vendió las pertenencias y se quedó con el dinero. Ahora trata de recuperar lo que cree que le pertenece por derecho.  


Rosa María muestra el tatuaje que se ha hecho con el nombre de su madre | Jesús Cruces.

Elda todavía recuerda aquel terrible suceso y, desde lo alto, la casa sigue despertando la inquietud y el respeto de los vecinos, que incluso la visitan para ver de cerca aquel lugar en el que Adelina estuvo enterrada durante cinco años. 

Ahora esta parte de la historia negra de la ciudad se conoce con detalle gracias a las declaraciones de la única testigo que presenció los hechos cuando contaba solo con cinco años de edad,  un caso de violencia de género que conmovió a Elda hace 40 años.

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