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-LO BUENO SI BREVE-

El prolífico Andrés Neuman y la portada del libro reseñado.

En una de las muchas entrevistas concedidas, al preguntarle si era más novelista que cuentista, microrrelatista, microensayista, aforista o poeta… Andres Neuman contestaba sin complejos que se considera a sí mismo “alguien que, desde niño, necesita tocar las palabras. Alguien a quien le va la vida en ellas. Creo en lo que expresa uno de los aforismos del libro El equilibrista, "escribir no es un deseo: es una orden". Una orden íntima que obedezco agradecido. Para mí la escritura es una forma suprema de alegría. Aun cuando trate del dolor, la soledad, el miedo. O, sobre todo, entonces”.

Es imposible hablar de la joven literatura escrita en España sin mencionar a este argentino (Buenos Aires, 1977) que acabó sus estudios en Granada y en cuya Universidad llegó a ejercer como profesor de Literatura Latinoamericana. Mencionar todos los títulos de sus libros escritos hasta hoy, en casi todos los géneros, y los reconocimientos obtenidos, incluyendo el hecho de ser también bloguero, traductor, columnista habitual o haber sido traducido a 23 idiomas, bastaría por si solo para llenar esta entrada. Remito al lector interesado en estos detalles y otros muy jugosos de la labor creativa de Neuman a su página web.

En 2005 publicó en Acantilado El equilibrista, un compendio de aforismos y reflexiones que no pasó desapercibido a la crítica. Y sobre el que centraré esta reseña. Volvió al género aforístico en 2014, con Barbarismos, un extenso glosario de casi mil definiciones en la tradición del diccionario heterodoxo, no exento de provocación, sátira y un rigor estilístico encomiable. Un libro donde define el corazón como “ese músculo peculiar que, en vez de levantar peso, lo acumula”; la quietud como un “estado altamente improbable”; la ficción como “acontecimiento que aspira a suceder” o la maternidad como ese “momento de plenitud de una trabajadora antes de ser despedida”. Y de nuevo, con mayor ahínco si cabe, lo retomó en 2016 con el breve Caso de duda (Cuadernos del vigía, Granada 2016), con lindezas como estas: “La eternidad encoge”, “Se sale por deseo y se llega por error”, “La ironía como arte marcial”, “La fantasía es una llave de doble filo” o “Leer fabrica tiempo”. 

Barbarismos y Caso de duda, dos libros de Neuman en la órbita del aforismo.

No es extraño, vista su actitud indagadora y a menudo insolente, que ya en 2005 viera en el aforista a ese equilibrista del título de esta reseña que asume con naturalidad el riesgo de una escritura que pende de un hilo (donde precisión, profundidad y estilo propio son cruciales) pero que ni puede ni debe renunciar a moverse en las alturas. Cautela, sí, pero también osadía y asunción del riesgo. Salir indemne del empeño, aunque siempre más lúcido y humilde que al comenzar, nunca debe reducir ni el afán del creador por seguir buscando ni el más vertiginoso atrevimiento. En el pórtico de El equilibrista, la cita de Schlegel es suficientemente esclarecedora: “Sólo en la búsqueda misma encuentra el espíritu humano el misterio que buscaba”. 

Dividido en tres libros (el primero trata aspectos cotidianos y costumbristas de nuestras vidas; el segundo, reflexiona sobre el arte, la estética y su sentido y el tercero sobre la escritura y el hecho literario en sí mismos) y un cuarto bloque bajo el título de Diario de un aforista, constituido por 17 microensayos que abundan en muy variados aspectos de la creación, la escritura y el mundo de la literatura, El equilibrista es un rotundo ejercicio de vértigo que acaba convenciéndonos del inteligente manejo de los recursos típicos (no tópicos) del género y que no dejan de estimularnos para seguir percibiendo, emocionándonos y reflexionando sin cortapisas. He aquí un ramillete extraído de los microensayos:

“¿No es la historia del arte un disperso monumento a la alegría, un colectivo canto de resistencia?” (en Arte de la alegría). “Más que la de ser un lugar habitable, para mí la literatura cumple la función de las puertas. Incluso existen puertas tan amplias que pueden inventar habitaciones”. (en Habitantes del verbo). “Por eso quienes realmente escasean son los lectores artísticos: aquellos que recorren las páginas con los sentidos alzados, la intuición afilada, la memoria expectante. Creadores a su modo, para ellos la literatura es preguntarse por su identidad y advertir su crecimiento. Estos lectores merecen especial gratitud pues completan los libros, los salvan” (en El lector artístico). “Eclecticismo no significa que todo valga (eso sería anemia); sino que, aunque todas las estéticas puedan tener una realización buena, regular o pésima, ninguna deja a priori de ser válida. No me interesa defender una mezcla indiscriminada de tradiciones, sino un mestizaje que asuma la obligación de producir una síntesis personal (en Eclecticismo responsable).

Y transcribo íntegro este interesante microensayo Revolución del tiempo:

En plena presentación con los poetas Pablo Casado y Elena Medel.

“Uno de los poderes prodigiosos que tiene la escritura es la posibilidad de reconstruir el pasado: no solamente volver atrás para representarlo, sino también para transformarlo. Recordar escribiendo es un acto de utopía retrospectiva. La representación literaria de la memoria sucede en un espacio de libertad, en un cruce de planos temporales donde el testigo tiene capacidad de decisión. Por eso en literatura la nostalgia tiene trampa: muchas veces el autor rescata aquello que no pudo vivir. Ir en busca del tiempo perdido no significa simplemente regresar, sino elegir de nuevo los senderos. Conquistar otra memoria. Adelantarse al pasado. En cuanto al tiempo futuro (y aunque ningún escritor sea un profeta), el valor profético de la escritura misma me parece indudable. En este sentido, toda literatura pertenece a la ciencia ficción. O quizá la ciencia ficción haya querido centrarse en una de las funciones básicas de la escritura: recordarnos el futuro. Evocar unos tiempos que quién sabe si vendrán”.

No es extraño que los críticos hayan alabado su trabajo desde el primer libro publicado, destacando su desenvoltura y su madurez, sus brillantes acrobacias de estilo, una inteligencia deslumbrante y una extraordinaria capacidad para captar y conmover al lector desde la primera frase. El mítico Roberto Bolaño ya destacó de él su andamiaje preciso y profuso a la vez, subrayando que se trata de un autor tocado por la gracia. “Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos”, remarcó el chileno. Por su parte, para Daria Galateria, “Neuman multiplica el lenguaje y tiene el peso de un clásico”.

No demoraré más el encuentro con quince de los aforismos recogidos en el libro:

- La felicidad es un estado de gratitud.

- Nos hacemos mayores cuando nos damos cuenta de lo fácil que resulta que las cosas salgan mal.

- Uno no empieza a comprender una ciudad hasta que aprende a aburrirse en ella.

- El odio puede ser la semilla, pero difícilmente el fruto.

- Si se escarba, todo dúo es un trío.

- Comunicados permanentemente, ¿cuándo diablos pensaremos?

- A veces la ingenuidad es el más esforzado ejercicio de lucidez.

- El futuro ensaya en la memoria.

- Sin osadía es imposible ser prudente.

- Darle sentido a lo inevitable: esa es la diferencia entre la depresión y el arte.

- La pureza es la muerte del estilo.

- Desprotegida y grande: la sencillez.

- En el sueño nacen los relatos. En la vigilia suceden los textos.

- Casi siempre el poema se adelanta al poeta.

- La escritura es, en última instancia, un acto de entrega física.

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Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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