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Ejemplares de la colección Historias de la editorial Bruguera.

No hace mucho alguien me preguntó cómo había surgido mi afición a la lectura, cuáles eran esos libros primeros que más me habían marcado y en qué medida todo ello influyó en mi interés por escribir. Respondí rápido, indicando algunos títulos y confirmando que la lectura fue crucial para orientarme a la escritura. Pero, como ocurre tantas veces, la pregunta desencadenó en mí todo un proceso posterior de recuerdos y reflexiones que me gustaría detallar más extensamente aquí. Y hacerlo alejado de toda idealización, como Samuel Beckett en Primer amor, aunque sin la crudeza y el humor ácido del irlandés en su relato.

En mi casa no había libros apenas. Varios tomos de una enciclopedia (más decorativa que funcional) y algún libro de viaje (recuerdo uno de Italia) constituían todo el arsenal bibliográfico disponible en el mueble del salón. Recuerdo que la pandilla de amigos decidimos leer las aventuras de los héroes de la Marvel (Hulk, Capitán América, Spiderman, Thor…) pero, dada nuestra situación económica tan precaria, cada uno compraría los números que se fuesen publicando de uno de ellos asignado previamente. Yo compré los de Estela plateada, que me encantaba, y gracias a los intercambios podía leer las heroicidades de todos los demás. Los cuatro fantásticos o El hombre de hierro eran mis favoritos.

Nada de todo esto sucedió antes de los diez años. Simultáneamente me aficioné a los tebeos y algunos personajes como el botones Sacarino, Anacleto, Zipi y Zape o la serie de la 13 rue del percebe me hicieron pasar muy buenos ratos. No solo en el váter. Personajes que seguí después durante años en las colecciones Olé que se editaban regularmente. Mi tío, por estas fechas, me regaló un libro de la Colección Historias de la editorial Bruguera, de esos que llevaban dibujados los personajes en el lomo y venían ampliamente ilustrados por dentro: Juan XXIII, el Papa del Concilio, se titulaba, y me impresionó su lectura. Desde entonces, cada vez que juntaba algo de dinero corría al kiosco a por uno de los libros de esta colección: Julio Verne, Mark Twain, Emilio Salgari, R. L. Stevenson, Walter Scott… ahí comenzó realmente mi pasión por la lectura, en todas esas azarosas aventuras que me transportaban a mundos y paisajes fascinantes subido a lomos de mi propia imaginación. 

En ese plácido mundo del arrobo y la fantasía andaba yo cuando llegó al colegio un joven maestro en octavo de EGB (no consigo recordar su nombre) cuya manía era leernos un breve poema cada vez que empezaba su clase de Lengua. A pesar de que no le hacíamos ni caso, él nunca dejó de leerlos. A veces comentaba algo del poema, nos preguntaba cosas referidas a él y nos escaqueábamos diciendo que era un lenguaje demasiado raro, muy alejado del nuestro, para interesarnos. Pero poco a poco, la cadencia musical, las imágenes o los juegos de palabras me fueron atrayendo hacia el libro que él utilizaba y que al terminar el curso compré: Diez siglos de poesía castellana, de Vicente Gaos. Aún conservo ese ejemplar, leído y releído tantas veces, una edición de bolsillo de Alianza Editorial, reparado con celo por todas partes.

Diez siglos de poesía castellana. Selección de Vicente Gaos..

Fue una suerte tener en el instituto dos profesores, D. Jesús y Dª Elisa (esta última había estudiado con el poeta de Onil Carlos Sahagún y nos contaba anécdotas interesantes de su vida y sus primeros poemas), que al menos a mí me contagiaron el amor por los libros antes que por la Literatura, si bien eran profundos conocedores y excelentes transmisores de todo lo esencial de la Historia literaria española e hispanoamericana. Dos cosas me resultaron sorprendentes en su enfoque: su decidida predilección por las obras concretas antes que por la vida de sus autores o sus contextos históricos y literarios; y su interés, sobre todo en Dª Elisa, por leer los textos en clase para comentarlos brevemente después, poemas sobre todo. Incluso, al final de alguna de sus clases nos animaba a leer nuestros escritos y a comentarlos con los demás. Recuerdo que después de leer algunos versos míos me trajo dos libros de poemas: uno de Blas de Otero y otro de Miguel Hernández que, por supuesto, leí muy motivado.

Estos son básicamente los recuerdos. Hablan por sí solos de la importancia que la lectura y la Literatura fueron teniendo en los años de mi adolescencia. El encuentro ya en mi juventud con escritores como Azorín, Cernuda, Aleixandre, Borges, Delibes, García Márquez… o pensadores como Sartre, Camus, Savater, Cioran, etc. irían abriendo mis ojos a nuevos horizontes y llevando mis preferencias hacia territorios cada vez menos explorados pero literariamente más elaborados. La lectura, desde entonces, no me ha abandonado y, más allá de que en momentos concretos uno tenga que atender tantos quehaceres, los libros han sido esos fieles compañeros a los que siempre puedes regresar aún después de alguna temporada distanciados.

Los héroes de Marvel y la 13 rue del percebe estaban entre mis lecturas favoritas de infancia.

Cómo y cuánto de todos ellos me haya influido es algo difícil de precisar. Pero algunas cosas me parecen irrefutables: la lectura es en general, y lo ha sido igualmente en mi caso en particular, una de las fuentes de alimentación e inspiración para ir conformando un cuerpo propio de escritura, con el que uno además se va identificando; por potentes que sean otras opciones, la tv y el cine en mi infancia o internet, las redes sociales y los videojuegos hoy, la lectura sigue siendo un suministrador de primer orden para fortalecer una imaginación honda y sensible. No se trata de elegir una en detrimento de otras sino de no renunciar a lo valioso e insustituible de cada una de ellas. Tampoco deberíamos despreciar la importancia de la voz, de las narraciones orales o los poemas recitados, para despertar el gusto por la lectura y el descubrimiento de mundos imaginarios, esenciales para disfrutar y crear. 

Sea cual sea  el influjo de todo esto en mi escritura, lo de verdad importante es que acabemos cultivando esos jardines que riegan nuestra sensibilidad y nuestra imaginación y con cuyas semillas, a mí no me cabe ninguna duda, todos nacemos. Unas semillas que, antes o después y si somos capaces de cuidarlas como requieren, acaban floreciendo. ¿Qué semillas son esas? La de la curiosidad, el deseo de aprender, de descubrir, emocionarse, inventar, compartir… mundos y mundos posibles e imposibles que abrimos con una única llave, la de la creación.

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Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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