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Literatura

Valle sin clan

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-LO BUENO SI BREVE-

Lao Tse y Confucio

Nuestra era vino precedida por el florecimiento de importantes civilizaciones que, además de otras muchas cosas, aportaron una nueva visión del mundo. Sin los avances en Egipto y Mesopotamia, sin la perspectiva  védica o brahamánica de los hindúes o la sabiduría de los chinos más antiguos, resultaría difícil entender el surgimiento del pensamiento filosófico en torno al siglo V a.d.C. tanto en el lejano oriente (Taoísmo, Confucianismo, etcétera) como en el mundo occidental (Siete sabios, presocráticos, Sócrates, Platón, etcétera). Elegir a Lao Tse en representación de todos ellos es aleatorio, pero no cabe duda de la originalidad de su visión y del estilo tan personal e innovador que utilizó.

Nada de lo que sabemos sobre él es seguro. Ni su nombre siquiera, que significa “Anciano Maestro”. Los expertos se decantan por ubicarlo en el siglo IV a.d.C., contemporáneo de Confucio aunque mayor que él. Parece ser que fue archivero de la biblioteca imperial y es ahí donde coincidirá con Confucio y discutirán durante meses sobre su diferente modo de entender el mundo, reprochándole el taoísta su estilo pomposo y grandilocuente. Otra leyenda sostiene que, tras renunciar a su puesto harto de las intrigas palaciegas, al cruzar el paso fronterizo el guardián le pidió que antes de marcharse al destierro en las montañas se quedase un año en su casa y dejase constancia escrita de su sabiduría, que hasta entonces había transmitido de forma oral únicamente. Así nacería el Tao Te Ching  (Libro del camino y la virtud) o simplemente Libro del Tao, aunque los especialistas -como en el caso del Antiguo Testamento- hablan de un texto escrito por varios autores anónimos y al menos en dos momentos diferenciados.

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Manuscrito de una comedia de Lope de Vega

He aquí una pregunta que antes o después el escritor se formula y cuya respuesta no es unánime. Dos ejemplos diametralmente opuestos entre muchos posibles: si Lope de Vega escribió según él mil quinientas comedias aunque se hayan conservado unas quinientas, al poeta Jaime Gil de Biedma le bastó con publicar cuatro libros de poemas para ejercer una influencia en sus herederos ya legendaria. El ínclito Joseph Joubert (1754-1824) recomendaba una posición comedida: “Escribiendo demasiado arruinamos nuestro espíritu; no escribiendo, lo oxidamos”.

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Terminado, el libro empieza. Lo dice Carlos Fuentes

Cada año, los datos sobre índices de lectura y hábitos lectores en España nos asoman a un catastrofismo que, utilizando la terminología de José Mota, resulta ya cansino. Es verdad que un 35% de los ciudadanos no leen nunca o casi nunca ni un libro ni un periódico, pero entre el resto, el 30% lee prácticamente a diario. Y además, el índice de lectores habituales de un 63% no se aleja tanto de la media europea, de un 70%. En cuanto a las cantidades,  si en España leemos 9 libros al año de media, los finlandeses leen 47. En todo caso, para mí, lo interesante del sondeo del CIS es conocer qué leemos, cuáles son nuestros gustos o qué causas llevan a que uno de cada tres españoles nunca lea un libro.

Antes, y para contextualizar nuestro interés por la lectura entre el resto de las  manifestaciones culturales, leer nos interesa mucho al 27%, tras escuchar música (31%) y por delante del cine (24%). La lectura, según este sondeo, nos reclama mucho más interés que el teatro, las artes plásticas (pintura, fotografía) o la danza. Parece clara la intencionada desidia para que la cultura en general y sus vástagos más pobres en particular (teatros, ballets, museos, exposiciones, etcétera) naufraguen.

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Cartel de la comedia de Shakespeare, en el Festival Clásico Chinchilla.

Sirva este título como homenaje a la comedia de Shakespeare que vi con Juan Vera, este lunes 27 de junio, en el Festival de Teatro Clásico de Chinchilla en la excelente versión del grupo Metatarso, bajo la dirección de Darío Facal, y que desde luego nadie se debería perder cuando llegue en octubre al Teatro Castelar. Dos horas de espléndida interpretación y risa de la buena.

Llega el momento de ir pensando en nuestras vacaciones, dónde vamos a ir o qué vamos a leer. Sin duda, todos tenemos algún libro en la mesita de noche que quisiéramos haber leído ya pero que por distintas razones no hemos podido hacerlo aún. Además de esos, que son ineludibles, en esta entrada previa al descanso estival me gustaría proponer algunas lecturas concretas y mencionar varias páginas web donde se pueden encontrar varias ofertas sustanciosas y apetecibles.

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Eduardo Mendoza, el pasado mes de marzo en San Juan de Puerto Rico.

Con sus habituales ironía y ánimo de provocar, Eduardo Mendoza removió las plácidas aguas del mundo editor al asegurar en marzo pasado que se publican muchos libros y que la gran mayoría de ellos no sirven para nada porque son una birria. Se lio buena. Hubo quien vio en sus palabras una crítica velada a los jóvenes novelistas o quien lo interpretó como una boutade cuya intención era animar a un debate necesario que gire una vez más en torno a la permanente devaluación del fenómeno literario en sus distintos ámbitos: el de los autores, los lectores y los editores. Impera la idea de que se escribe mucho, se publica todo y no se lee casi nada. 

Desde luego, quizás no esté dicho en los términos políticamente más correctos, pero a poco que lo pensemos, uno concluye que Mendoza no exagera. Se publica y autopublica demasiado, todo lo que se escribe sin apenas filtros de ninguna clase. Y, ante todo, quizás convenga diferenciar al menos dos aspectos: escribir es un ejercicio terapéutico de primer nivel, una labor que nos ayuda a conocer y conocernos mucho más y mejor al tiempo que contribuye a estructurar nuestro pensamiento de un modo más claro y organizado; pero ¿basta con esos ingredientes para publicar los productos generados? ¿Se puede considerar interesante y/ o literario un texto que permanece en este estadio o hace falta algo más para tal consideración?

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Hans Kung y Marc Antoni Broggi.

Da a cada uno, Señor, su propia muerte,

la muerte que deriva de su vida,

esa vida en que hubo amor, pena y sentido.

R.M. Rilke, Libro de las horas

Como sugieren estos versos, y contemplando nuestra tradición occidental en toda su dimensión, si desde hace siglos consideramos auténticamente humana la vida que se vive dignamente, por qué no exigir de igual modo que la muerte nos llegue con la misma dignidad. Ante un tema tabú en nuestro país como el de la eutanasia, siempre es de agradecer la aportación de aquellos textos que contribuyen a enriquecer y animar un debate tan necesario como ya irremplazable. En esta entrada me referiré a dos libros recientes, valiosos e ineludibles: el último del teólogo de origen suizo Hans Kung, Una muerte feliz, en la editorial Trotta, y el publicado en 2013 en Anagrama por el cirujano y presidente del Comité de Bioética de Cataluña Marc Antoni Broggi, Por una muerte apropiada.

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-ESTANTERÍA DE AUTORES ELDENSES-

Emiliano Vera, José Capilla y García Soriano en la redacción de Idella.

Completamente distintos a los de Francisco Laliga fueron el talento y el talante de Maximiliano García Soriano, quien en 1926 se cruza con él y lo ve “rígido, como en arrobado éxtasis, con su impasibilidad de siempre, ajeno a cuanto le rodeaba”. Yeclano de nacimiento y eldense de adopción, el conocido como “boticario de Elda” no vivió ajeno a ninguno de los acontecimientos culturales y políticos del primer tercio del siglo XX en la ciudad. Animador cultural, fundador de varias revistas y activo colaborador en casi todas las existentes, además de concejal en el periodo republicano y prolífico creador lírico y dramático, García Soriano sobresale en esos poemas donde utiliza un estilo sencillo y directo, sin artificiosidad, y en general de temática costumbrista y cotidiana. Vista en conjunto su extensa obra, el estilo desenvuelto, la chispa, la ironía o incluso la mordacidad desplegados en los veintiséis Retratos que publicó en el semanario Idella, lo singularizan, a mi modo de ver, del resto de su producción, aunque sin desmerecer no pocos de sus poemas costumbristas de tema y estilo muy diversos. 

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-ESTANTERÍA DE AUTORES ELDENSES-

Placa en la casa donde nació Francisco Laliga en la calle que lleva su nombre.

Hablaremos en esta y en la siguiente entrada de este blog de dos figuras de la poesía eldense, muy distintos entre sí, que ocupan la época que va del último cuarto del siglo XIX al primer tercio del XX. Comparten la importancia de haber sido reivindicados recientemente: Francisco Laliga Gorgues (1861- 1928) por el grueso libro compilador de sus poemas, con notas y transcripción de Emilio Maestre, en 2007, y Maximiliano García Soriano (1874-1936) por el que le dedicó José Luís Bazán en 1997. La mayor aportación de estos dos tomos es la de constituir una recopilación de sus poemas más que suficiente para hacernos una idea  de sus respectivas obras y facilitar así futuras investigaciones que se adentren en el valor y la calidad literaria que haya en ellas.  En todo caso, y como afirma  Maestre en el Prefacio a los poemas de Laliga, para tal empresa habría que contar también con el centenar de piezas dispersas no incluidas en su extensa antología. 

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-LO BUENO SI BREVE-

Reciente edición completa de los Cuadernos de Lichtenberg en español

He elegido este aforismo para encabezar esta entrada porque describe muy bien la intención, el estilo y la modernidad de uno de los mejores aforistas de la historia: Georg Christoph Lichtenberg (1742- 1799). Hombre curioso, fiel representante de su época ilustrada, interesado por los más diversos saberes, sobresalió en la astronomía, la física experimental y las matemáticas, ejerciendo como profesor en la Universidad de Gotinga, su ciudad natal.  Jamás podría imaginar que su fama póstuma se debería a los fragmentos personales que escribiría en sucesivos cuadernos, hasta veintisiete, de un modo espontáneo y sin plan sistemático. Sus aforismos se extraen muchas veces de los fragmentos más amplios, de los borradores o apuntes (hay quien piensa que debería llamarse así a sus textos) que constituyen ese cajón de sastre que son los cuadernos y donde hay notas de lecturas, breves diálogos, anécdotas, comentarios corrosivos, citas, hipótesis, interrogantes, chistes, sueños o reflexiones de distinta extensión y calibre.

Hombre marcado por la joroba que siempre trataba de disimular, un gran atractivo y una hipocondría sin igual, su convivencia con una niña de 12 años (él tenía 35) escandalizó a sus conciudadanos. Tras la muerte de ésta, cinco años después, en 1783 toma como sirvienta a una humilde muchacha de 15 con quien mantendrá una relación secreta, y con la que tendrá seis hijos y acabará casándose mucho después. Los reconocimientos y distinciones se suceden en los últimos años de su vida, marcados por los dolores y el deterioro físico hasta fallecer con 57 años de edad. Publicó numerosos trabajos científicos y artículos periodísticos,  algunos textos satíricos y, durante años, un humilde Almanaque de bolsillo, destacando también como uno de los polemistas más agudos y preparados de su tiempo.

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Una novela que se puede leer eligiendo el camino que se quiera.

“¿Encontraría a la Maga?”. Con esta lacónica pero intrigante pregunta inicia Julio Cortázar Rayuela, su novela más celebrada. Al leerla, uno no puede evitar hacerse otra cascada de preguntas: ¿quién es esa Maga?; ¿qué habrá ocurrido para esta urgencia por encontrarla?; ¿y además, por qué hay que encontrarla?; ¿se tratará de una muchacha perdida entre la multitud tras un flechazo, de una asesina en serie, de una pitonisa que engañó a alguien, de la imagen seductora de un anuncio?... Con esa sola pregunta, el novelista nos desconcierta a la vez que nos intriga y tal vez nos esté anunciando que si ha escrito la novela es para relatarnos el camino seguido para encontrarla. De modo que una profunda inquietud, no exenta de suspense, y una presentida esperanza, como promesa de un feliz hallazgo, nos empujan irresistiblemente a seguir leyendo. A desvelar qué ocurrirá. Y también a saber qué ocurrió antes de este enigmático inicio.

Atraparnos desde la primera frase. Eso es lo que persigue una buena novela para que no cerremos el libro en la página uno: retenernos y poner en marcha cuantos mecanismos sean necesarios en nuestro interior para engancharnos a la historia. Sin duda, además de un comienzo memorable, la novela requiere de otros muchos ingredientes que nos hagan mantener y renovar, capítulo a capítulo, el interés. Pero sin ese comienzo único, que nos capte, difícilmente habrá espacio para el resto. Una película, una canción, un anuncio, un poema… no son distintos en esto. 

Acerca del autor

Autor: Rafael Carcelén

Además de disfrutar como maestro de escuela, me encanta escribir. Y leer. Y subir los montes alicantinos. Y jugar al ajedrez. Y… siempre me sigue apeteciendo aprender. Y segregar lo que aprendo -lo que vivo, lo que siento- en artículos, poemas y aforismos como éste: “¿Es imaginable la felicidad en un grano de pimienta?”

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