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Vista del histórico inmueble de la calle San Roque 28 en 2010. Actualmente se encuentra más deteriorado

Lo más antiguo no equivale necesariamente a lo más importante, ni siquiera en el ámbito de la Historia, la Arqueología o el Patrimonio Cultural. Digo esto porque, en ocasiones, resulta tentador acudir a la antigüedad de un hallazgo, de un monumento o de un acontecimiento, para darle notoriedad automáticamente. Eso parece que da pedigrí: cuanto más antiguo, mejor. Cosa diferente es que, en otros aspectos de la vida, “antiguo” se traduzca directamente por “viejo”, y viejo, a su vez, tenga unas connotaciones negativas en las que mejor no entrar por ahora, porque me desvío del tema. 

Cuando se trata de historia o de patrimonio cultural, soy poco partidario de establecer rankings de importancia en función del factor antigüedad. Sobre todo si esa antigüedad no va acompañada de algo más, de otros valores relevantes. He de reconocer, no obstante, que vivimos en una era obsesionada por lo cuantitativo, por los récords Guinness, por las coletillas tipo “the best...” o “top…”. Todo se mide. Estamos rodeados por escalafones, escalas y rangos. Tal vez por ese fondo ambiental que nos rodea, en varias ocasiones me han preguntado, ejerciendo mi trabajo, cuáles son las ruinas arqueológicas o cuál es el edificio más antiguo del pueblo. Esa última interrogación, junto a la pura curiosidad, traduce una cierta necesidad o empeño por tener el dato, por saber la fecha, por conocer, en definitiva, la jerarquía temporal en el patrimonio de nuestra ciudad. Y, claro, ante la pregunta, uno a veces se siente en la obligación profesional de decir algo coherente al respecto. Consciente y deliberadamente, a pesar de las reservas que he expuesto, entraré en ese juego: a la caza de lo más antiguo.

Acabada esta digresión, si tuviera que apostar por cuál es el edificio más antiguo de Elda, iría a la calle San Roque número 28. En la esquina con la calle Antonio Maura, llama la atención una construcción en el diluido y poco vistoso paisaje del centro histórico de Elda por el llamativo color amarillo de su fachada, y por una cierta apariencia de antigüedad. El edificio, bastante conocido, le sonará a alguna que otra generación de eldenses que pasaron por allí. Sobre todo, para los que tienen ya una cierta edad. En realidad, más que un edificio, es un conjunto de edificaciones que albergaron durante años el colegio de las Hermanas Carmelitas, entre 1940 y el traslado definitivo a la actual sede, en la avenida de los Álamos (1963-1964), aunque el centro de la calle San Roque siguió funcionando unos años más, hasta 1975 o incluso 1982, según algunas fuentes. También, con posterioridad, el lugar fue sede de la Escuela Comarcal de Música Ruperto Chapí, más adelante Conservatorio Profesional, entre 1979 y 1993. Y, en los últimos tiempos, de la Hermandad de Cofradías de la Semana Santa, hasta su cierre temporal en el año 2010 por razones de seguridad constructiva. 

Vista antigua de la Placeta y antigua fuente del Hospital o de las Monjas

Vayamos a la parte más interesante. Mucho antes de construirse el conocido como “Colegio de las Monjas”, en el lugar existía un Hospital para Pobres que estuvo en funcionamiento durante más de dos siglos. Los orígenes de ese hospital están relatados por José Montesinos, Lamberto Amat y Gonzalo Sempere, y han sido analizados por varios estudiosos locales, como Alberto Navarro, Juan Rodríguez Campillo, Juan Antonio Martí, Fernando Matallana, Ramón Candelas, José Blanes, Gabriel Segura y Consuelo Poveda, de manera que sólo trasladaré algunos de los aspectos que me parecen más relevantes. Su génesis se remonta al testamento de Beatriz de Corella y Mendoza, fechado el 13 de octubre de 1584 en Valencia. Casada desde 1581 con Antonio Coloma (1546-1619), la primera esposa del que sería II conde de Elda estableció en su testamento la voluntad de fundar un hospital para pobres y una capellanía en la  villa, bajo la advocación de la Purísima Concepción. Con esa finalidad, dispuso una dotación de 1000 libras de capital y 200 libras de pensión anual para su mantenimiento. 

Como apunta Miguel Ángel Guill, en Elda existió un hospital de pobres anterior, también vinculado a la familia Coloma, aunque ignoramos su ubicación. En cualquier caso, el hospital de la actual calle San Roque debería haberse edificado tras la muerte de Antonio Coloma. Sin embargo, hubo que esperar a 1641 para que se hiciera efectiva la voluntad testamentaria de Beatriz de Corella. Ese año, Juan Andrés Coloma, IV conde de Elda (1638-1694), y Juan García y  Artés, obispo de Orihuela, acordaron, no sin discrepancias, la fundación del hospital. Los estatutos y ordenanzas de este Hospital de la Purísima Concepción datan de 1652. Por el texto de estas ordenanzas sabemos que las obras de construcción del edificio estaban a punto de concluirse en 1653. Conocemos el dato de la solemne colocación de la campana en la espadaña de la capilla, bautizada como María de la Concepción, que tuvo lugar el 18 de septiembre de 1673. Más de un siglo después, Montesinos relata que la ermita era “hermosa, capaz y aseada”, y que disponía de un retablo, sacristía y torre campanario. 

Evitaré entrar en detalles sobre el funcionamiento del hospital, dado que me interesa sobre todo poner el acento en la vertiente patrimonial de la ermita o capilla. Solamente extracto del trabajo de Fernando Matallana un fragmento ilustrador al respecto: 

“Con el objeto de paliar la situación de desamparo de un amplio colectivo de individuos se creó en Elda una modesta infraestructura hospitalaria que (…) participaba de las características del hostal, hospicio, sanatorio, albergue y lugar que ayudaba a bien morir”

Carmelitas y estudiantes en el Colegio de la calle San Roque

Tras dos siglos de actividad, a partir de 1837, el hospital sufrió los desencuentros entre el conde de Elda y el consistorio local al compás de un progresivo proceso de deterioro. Pasó a la Junta Provincial de Beneficencia en 1864 y, poco después, fue vendido al ayuntamiento, que mandó derribarlo en 1868 con la intención de construir una escuela primaria en el solar. Lamberto Amat nos aporta un dato clave: después del derribo, únicamente quedó en pie la capilla, pero se sucedieron largo años de abandono. En 1906 los terrenos se descartan para la construcción de un nuevo hospital. La capilla fue destinada, entre otros usos, a servir de almacén o lugar de preparación y distribución de material pirotécnico para las fiestas. Varias actas municipales de 1919 y 1920 revelan que, a partir de esas fechas, la llamada Ermita del Hospital Viejo fue destinada y rehabilitada para albergar una escuela por parte del ayuntamiento, con el permiso del obispado. En 1935, el mismo obispado solicita y obtiene la devolución de la ermita. Ese año, el  consistorio cede gratuitamente el lugar denominado “patio del Hospital” para la expansión y recreo de los niños que asisten a la escuela de la Asociación de Mujeres Católicas. Acabada la Guerra Civil, la superviviente capilla fue integrada en las obras del colegio de las Hermanas Carmelitas, que se trasladó a la calle San Roque. Y el resto de la historia es más conocida. En el año 2005 el edificio fue derribado parcialmente, y, cinco años después, clausurado por problemas de seguridad derivados de su mal estado de conservación. 

Siempre bajo el dominio eclesiástico del obispado de Orihuela-Alicante, aunque situada en parcelas de propiedad municipal, la capilla del antiguo hospital, con una planta de tendencia rectangular, coro, trascoro, y casi 80 metros cuadrados, apenas conserva vestigios del mobiliario o de elementos decorativos u ornamentales históricos. Hasta hace poco tiempo, un retablo religioso presidía el lugar, instalado por Julián del Olmo Lara tras la puesta en marcha del colegio de las Carmelitas. Hoy la ermita está prácticamente vacía. Sin embargo, la capilla seguramente no ha revelado todavía todos sus secretos. Tras los revestimientos, pavimentos y acabados de época contemporánea sobre sus recios muros, sin duda se ocultan, de manera prometedora, la obra y fábrica antiguas, a la espera de un análisis arquitectónico que ya adelantó Natalia Rodríguez Pérez en su estudio histórico y constructivo elaborado en 2014.

Hospital de pobres con su capilla, solar en ruinas, almacén municipal, colegio, conservatorio, sede de cofradías... Desde luego, el lugar ha tenido usos muy variados a lo largo del tiempo. Nos permite acercarnos a un tiempo en el que la sanidad no era un derecho, sino parte de la caridad, vinculada a la esfera de lo religioso. Nos aproxima, además, a las transformaciones y retos que ha afrontado el mundo educativo en el último siglo. Más allá de su antigüedad, estamos ante un edificio relevante históricamente por su condición de espacio de culto y fiesta, hito y lugar tradicional de la ciudad. Por ejemplo, vinculado al monumental Belén de las Cofradías, o a las celebraciones religiosas y procesionales de la Virgen del Carmen, de la Semana Santa y de la Fiesta de la Inmaculada. Hay que recordar, además, que todavía se conserva la denominación de Placeta de las Monjas o Placeta del Hospital para el espacio público contiguo, que dispuso de una fuente (la fuente del Hospital), de bronce con tres caños, según Montesinos, y en la actualidad desaparecida. 

La antigua ermita o capilla de la Purísima Concepción, como hemos visto, no sólo interesa por ser antigua. Su cronología es un valor más, y le permite formar parte de la escasa lista de edificios en pie más antiguos de nuestra ciudad. Ruinas al margen, y con algunas reservas respecto a la fecha de construcción de algunas casas del campo eldense, se puede considerar la edificación decana más valiosa, al menos, de nuestro centro histórico. En cualquier caso, de poco serviría encontrar una casa más antigua si tiene un limitado valor desde el punto de vista del patrimonio cultural: una vez más, entraríamos en el árido y baldío terreno de perseguir sólo “lo más antiguo”.

De toda esta historia quedan los documentos escritos y, como patrimonio materializado, la capilla, salvada de la destrucción del hospital. Una capilla del siglo XVII en pleno corazón de Elda. La apariencia externa del edificio del antiguo colegio carmelita, y de las reformas realizadas en la capilla a inicios de los años 20, que supusieron el añadido de una planta superior, enmascaran la estructura primitiva de la edificación religiosa que todavía existe en su interior, y que ha formado parte de todas las etapas y usos históricos de las construcciones que ha habido en el solar desde la época moderna. En la actualidad, las dependencias del antiguo colegio, sin trascendencia patrimonial, se encuentran en una situación precaria, prácticamente ruinosa. Y la capilla, considerada como Monumento de Interés Local, sin duda necesita, como mínimo, medidas de conservación que preserven y pongan en valor esta singular muestra de nuestro patrimonio arquitectónico. En conjunto, su estado actual parece que hace imprescindible una intervención integral que dé respuesta al deterioro y plantee un uso que respete sus valores. El centro histórico no puede perder un edificio así. De nuevo, otro reto –uno más- en el camino de la recuperación del patrimonio cultural de Elda.

Retablo de la capilla antes de su extracción preventiva, conservado por la Hermandad de Cofradías de la Semana Santa

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Acerca del autor

Autor: Juan Carlos Márquez

Comparto con vosotros en este blog unos cuantos años de recorrido y de práctica profesional pública y privada en los campos de la Arqueología, la Historia y la Gestión del Patrimonio Cultural. He pasado por experiencias docentes en las aulas universitarias y por proyectos de investigación dentro y fuera de España. Desde 2003, como arqueólogo del Ayuntamiento de Elda (Alicante), tengo la oportunidad de trabajar para mi ciudad e ir redescubriendo, paralelamente, su historia y sus tradiciones, su pasado. Me apasiona la investigación histórica y la dimensión científica de la Arqueología y del Patrimonio Cultural. No obstante, en los últimos tiempos he orientado mi tarea, por un lado, a la vertiente divulgativa de la historia y del patrimonio eldense, y, por otro, a la gestión destinada a su conservación, creo que por responsabilidad y casi por imperativo profesional.

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