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Historia y patrimonio

El pasado presente

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Hacha neolítica del Chorrillo

¿Qué pueden tener en común un hacha neolítica de piedra, fechada hace más de 6.000 años, y una modesta central hidroeléctrica de inicios del siglo XX? La respuesta a esta pregunta la tenemos en la partida rural del Chorrillo, pasado el puerto de la Torreta, entre la carretera de Elda a Sax y la vía del ferrocarril. El paraje, regado por el Vinalopó, es el origen y lugar de hallazgo de estos dos elementos integrantes del patrimonio histórico eldense. El Chorrillo es, además, uno de los grandes desconocidos de nuestra arqueología e historia. 

Separados por miles de años, el hacha y la central hidroeléctrica se colocan en los extremos de un camino que nace en el Neolítico y termina en el mundo contemporáneo. De la Prehistoria a la era industrial, ambos son signo y símbolo de un recorrido histórico del que somos herederos. El hacha del Chorrillo –o del Chopo, el paraje concreto del hallazgo-, es, a día de hoy, la pieza arqueológica más antigua del Museo Arqueológico Municipal, testimonio casi virtual de los orígenes del poblamiento prehistórico en el término de Elda. Permite plantear la hipotética existencia de un pequeño asentamiento de agricultores y ganaderos que ocupó con sus cabañas las riberas del Vinalopó en el V milenio antes de Cristo aprovechando la presencia de agua, vegetación abundante, caza y tierras cultivables.

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Castillo-Palacio de Elda visto desde Santa Ana

Poco podían imaginar los pioneros de la fiesta de Moros y Cristianos de Elda, allá por los primeros y duros años de la posguerra, el papel y la importancia que iba a tener esta celebración en nuestra ciudad 70 años después, a inicios del siglo XXI. Es evidente que, tanto para los partidarios como para los críticos de la dimensión que ha adquirido esta fiesta en la vida de Elda, se ha convertido en algo más que una manifestación del folklore popular. Es un auténtico referente y fenómeno local que moviliza personas y recursos durante todo el año festero, marcando con su propio calendario una parte importante de nuestra agenda anual. 

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Portada del libro de Giradora de 1716

Después de dos semanas transitando por el subsuelo de Elda, propongo un cambio de tercio. Porque, más allá de monumentos, tradiciones o ruinas arqueológicas, el patrimonio histórico también está formado por documentos. Y es que el patrimonio documental es testimonio directo y precioso de la vida de nuestros antecesores en el valle que hoy ocupamos. 

Hace unos meses, Fernando Matallana utilizó acertadamente la expresión “tesoros de papel” para titular el dossier central del último número de la revista Alborada, dedicado a los principales documentos del Archivo Histórico Municipal de Elda. El libro de giradora de 1716 forma parte de ese tesoro colectivo. Durante años, esta joya de 42 x 27.5 cm. ha estado en un lamentable y pésimo estado de conservación que no permitía su consulta. Ante esa situación, ha sido restaurado recientemente, fruto de la colaboración entre el Ayuntamiento de Elda y el Instituto Valenciano de Conservación y Restauración de Bienes Culturales. El Museo del Calzado acogió el pasado 5 de mayo la presentación de los trabajos realizados sobre este documento. Visto el estado del libro antes y después de su paso por las manos de la restauradora eldense Cristina Valero Amat, creo que contamos con un claro y visible ejemplo en el que la ciencia de la restauración se ha puesto al servicio de la ciencia histórica y, por extensión, del patrimonio cultural. Durante casi dos meses, conjugando procedimientos técnicos y artesanales, se ha ganado la batalla contra microorganismos, roturas, pérdidas y manchas de humedad. En definitiva, se ha ganado la batalla a los efectos nocivos del paso del tiempo sobre el libro: se ha curado al enfermo y, además, se le ha rejuvenecido. Una pequeña parte de nuestro patrimonio se ha salvado.

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Detalle de la galería subterránea bajo el Teatro Castelar

Esta semana continuamos nuestro recorrido por el subsuelo histórico de Elda. Y lo hacemos siguiendo el hilo de los hallazgos y testimonios de las últimas décadas sobre subterráneos vinculados a la Guerra Civil. Durante la contienda se construyeron refugios en diferentes lugares de la ciudad en previsión de bombardeos que, por cierto, finalmente no tuvieron lugar. Juan Rodríguez Campillo nos cuenta, en la revista Fiestas Mayores del año 2005, la historia de estos refugios antiaéreos destinados a la protección de la población civil, afirmando que “no se llegaron a utilizar (…), según las noticias orales de personas que existen y que convivieron con ellos”. También nos informa de su fecha de construcción: entre enero y noviembre de 1938, a finales de la guerra. El motivo se vislumbra en un acta municipal de octubre de ese año, “debido a los bombardeos de la población de Alcoy, y teniendo en cuenta que Elda también tiene industrias de guerra…” Debía construirse, incluso "recurriendo a la prestación obligatoria de trabajo”, el mayor número posible de refugios, "aunque sean de pequeña cabida, en vez de pocos de gran cabida, con objeto de que la población tenga siempre lo más cerca posible a su domicilio la entrada de un refugio”. La documentación municipal revela los problemas económicos y disciplinarios que conllevó su construcción, para la que se habilitó incluso una partida de 100.000 pesetas de la época.

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                                                           Escalera o pasadizo condal visto desde el castillo

Circulan, desde tiempo inmemorial, historias sobre los túneles del castillo de Elda. De hecho, por mi profesión de arqueólogo, he tenido la oportunidad de escuchar relatos de vecinos de nuestra ciudad en los que se afirma haberlos recorrido, siendo niños o jóvenes. En diferentes versiones, algunos de estos pasadizos atraviesan incluso todo el centro histórico de nuestra ciudad y desembocan en el entorno de la calle Nueva... Con algunos matices, para muchos ciudadanos la existencia de estos túneles o pasadizos es una realidad y una certeza, un recuerdo y una experiencia directa, lejana en la mayor parte de los casos, pero vivida y contada en primera persona. 

Y no es un relato único. También recordarán los más veteranos haber escuchado alguna vez la existencia de pasadizos bajo el Teatro Castelar, el Casino o la Casa de la Viuda de Rosas. Además, de nuevo, de manera recurrente, algunos de estos ilustres subterráneos nacen o mueren en el castillo. En definitiva, siguiendo un argumento casi tópico, se asocian con la fortaleza y alcázar, el monumento más relevante y antiguo de nuestro centro histórico.

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Antigua estación del ferrocarril de Elda

Todavía hoy se oye en alguna conversación esta expresión genuinamente eldense. “Más viejo que el túnel”, o “más  viejo que el túnel del tren”. Con sus variantes, por supuesto. Y, normalmente, en boca de gente de cierta edad, con una intención obvia y un tono sentencioso: acentuar que algo es ya vetusto, archiconocido, trasnochado o arcaico. Vamos, casi arqueológico...

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Todavía hoy muchos eldenses recuerdan el Pantano como un lugar entrañable. Durante las décadas centrales del siglo pasado, se iba al Pantano de excursión los fines de semana o a bañarse cuando apretaba el calor, o a comerse la mona. Este singular paraje de nuestra ciudad se ligaba al ocio, al tiempo libre, a la fiesta, a la naturaleza y al esparcimiento, con la familia o con los amigos. El uso y la frecuentación, aunque fuera de manera puntual o estacional, le daban vida, lo mantenían conectado al pulso de la ciudad.  

   A inicios del siglo XXI esta situación ha cambiado. El Pantano no es lo mismo. Por la industrialización y sus consecuencias en el río Vinalopó, que lo han convertido en un lugar secundario y marginal. O porque, simplemente, ya no hay donde bañarse en condiciones. O por los nuevos hábitos de nuestra vida moderna, que han alejado estas típicas y antiguas actividades de nuestros planes. 

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Un tiro de gracia, de Emilio Pérez Rosas

Cuando nos acercamos a la Historia, no hace falta irnos a la arqueología de tiempos remotos para sorprendernos ingenuamente de la habilidad o de los talentos de nuestros antepasados. No hace falta tampoco recrearnos en relatos edulcorados sobre un pasado, lejano y a veces mitificado, que en ocasiones sólo parece tener la virtud de entretener. Ni rebuscar insistentemente ilustres osamentas... Tenemos una historia y un patrimonio recientes, cercanos, esenciales, con un profundo valor como experiencia colectiva. Hablamos de la Guerra Civil, ni más ni menos. 

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Llegamos a la última estación del pequeño viaje que propuse hace unas semanas para encontrar el sentido a la conservación del patrimonio histórico en el mundo actual. Junto a las otras razones que ya hemos defendido, queremos conservar nuestro pasado histórico materializado porque es valioso y es útil. Pensemos, por ejemplo, en el valor de la Dama de Elche como símbolo de identificación colectiva para su ciudad de origen. En el valor científico y la repercusión internacional de los hallazgos y yacimientos de Atapuerca. En La Alhambra de Granada por su valor económico y turístico, por ejemplo. O en los valores culturales y educativos de los teatros romanos (Sagunto, Mérida, Cartagena…), o incluso del complejo de Dinópolis, en Teruel, por citar algunos.

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                                                         Templo cristiano de El Monastil

…El libro es una criatura frágil, se desgasta con el tiempo, teme a los roedores, resiste mal la intemperie y sufre cuando cae en manos inexpertas. 

Umberto Eco. El nombre de la rosa.

 

   Hace ya 35 años, Umberto Eco ponía en boca del abad Abbone da Fossanova una reflexión sobre la fragilidad y vulnerabilidad de los libros. Esta reflexión nos viene como anillo al dedo porque en la actualidad podemos sustituir tranquilamente "libro" por "patrimonio histórico" sin que el enunciado pierda un ápice de su vigencia o valor, convenientemente extrapolado.  

Acerca del autor

Autor: Juan Carlos Márquez

Comparto con vosotros en este blog unos cuantos años de recorrido y de práctica profesional pública y privada en los campos de la Arqueología, la Historia y la Gestión del Patrimonio Cultural. He pasado por experiencias docentes en las aulas universitarias y por proyectos de investigación dentro y fuera de España. Desde 2003, como arqueólogo del Ayuntamiento de Elda (Alicante), tengo la oportunidad de trabajar para mi ciudad e ir redescubriendo, paralelamente, su historia y sus tradiciones, su pasado. Me apasiona la investigación histórica y la dimensión científica de la Arqueología y del Patrimonio Cultural. No obstante, en los últimos tiempos he orientado mi tarea, por un lado, a la vertiente divulgativa de la historia y del patrimonio eldense, y, por otro, a la gestión destinada a su conservación, creo que por responsabilidad y casi por imperativo profesional.

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