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El comienzo del año y la vuelta de vacaciones a la escuela nos sitúan ante sentimientos encontrados. Por una parte, cierta pereza motivada por el regreso a las rutinas cotidianas y a la actividad más reglada, tras el descanso y las ocupaciones quizás más erráticas pero, en muchos casos, tan provechosas personal y profesionalmente. Por otra, una no menos cierta ilusión al abrigo del año que comienza, una trampa en forma de número mágico que nos tendemos y en la que nos agrada caer de alguna manera. 

Decía Julián Marías en su Breve tratado de la ilusión que lo decisivo en ella es la anticipación. Nos ilusiona lo que va a llegar, lo que va a venir, lo que va a acontecer. La llegada del nuevo año es caldo de cultivo para los propósitos más nobles y los más improbables, también en el ámbito educativo.

Algunos signos en el desempeño de la labor docente nos llevan a considerar la ilusión como un tesoro precioso y su pérdida como una amenaza fundamentada ampliamente en el estrés, la atribución injusta, e interiorizada a fuerza de repetirse en los medios, de toda la responsabilidad ante los fracasos, las condiciones laborales, la desmotivación surgida en la diferencia entre los ideales y las realidades, entre nuestra satisfacción y la de nuestro alumnado y el fastidio ante todos los factores propios y ajenos que nos impiden cumplirla.

Enseñar es un cometido que requiere de una significativa dosis de ilusión por lo que se hace, de profesionalidad fundada en la necesidad de un porvenir mejor. Independientemente del camino que nos ha llevado a esta profesión, una vez en ella, el respeto al alumnado y el esfuerzo por desarrollar toda su capacidad y su potencial descansa en cierta manera en una actitud positiva y una ilusión bien entendida.

Vuelvo a citar la obra de Marías para destacar uno de los sentidos más enriquecedores que tiene esta palabra:

[...] aparece un sentido completamente distinto, positivo, valioso, que alcanza la más alta estimación. Es el que tiene en expresiones como "tener ilusión" por algo o por alguien; hacer una cosa "con ilusión"; una cosa es "hacerse ilusiones" y otra bien distinta "estar lleno de ilusión". No es lo mismo "ilusorio" que "ilusionante"; en nada se parece "ser un iluso" a "estar ilusionado".

Me gusta pensar que empezamos el año, con esa ilusión. Tal vez tenga algo de autoengaño creer que la dinámica del curso, tras el paréntesis de estos pocos días, va a variar de manera radical, cuando a la vuelta de estas fiestas nos aguardan circunstancias, personas y actitudes poco menos que inevitables e influyentes sobre la marcha de un curso a caballo entre 2016 y 2017. 

Comienza 2017 en nuestras escuelas. Que lo haga con ilusión y ganas, con sentido y con esperanza. 

 

Para saber más:

MARÍAS, Julián (1990). Breve tratado de la ilusión. Alianza Editorial, Madrid.

 

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Acerca del autor

Autor: Jesús María "Pitxu" García

Jesús María "Pitxu" García Sáenz (Vitoria-Gasteiz, 1970) es doctor en Filosofía y Letras (sección Filología Hispánica) por la Universidad de Deusto. Como profesor de Secundaria ha trabajado en el IES Azorín de Petrer y en el CEFIRE de Elda, en la asesoría de plurilingüismo y en las de referencia sobre programas europeos y coeducación.

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