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Educación

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Desde que nacemos, todos y todas buscamos como individuos y como colectividad ser felices. La felicidad se nos plantea como el reto más importante que hemos de alcanzar a lo largo de nuestra vida. No obstante, la educación, aquello que nos habría de dotar de herramientas clave para acercarnos a este fin, apenas se preocupa de enseñarnos a ser, al menos, un poco más felices. Muy al contrario, la felicidad palidece ante otros contenidos mucho más presentes en nuestros sistemas educativos. Materias, exámenes, notas, conceptos que parecen imprescindibles, el pánico a equivocarnos, a ponernos en evidencia ante las y los demás, el fomento del individualismo, la presión de ser los mejores, etcétera, ahogan cualquier intento de abordar nuestro acercamiento a aquella.

Definir qué es la felicidad es tarea bastante compleja. A lo largo de la historia, como ocurre con todo lo que consideramos crucial en nuestras vidas, se han sucedido variadas definiciones que intentan cubrir una noción o una intuición personal de felicidad basada en la satisfacción en muy distintos sentidos. No voy a desentrañar el misterio en una entrada como esta. Hay quien señala que tiene que ver con un componente emocional vinculado a emociones positivas y otro de pensamiento o de juicio sobre, por así expresarlo, cómo nos van las cosas. En cualquiera de los dos casos, la escuela, y la comunidad educativa como referente, tienen algo que decir, bien para identificar esas emociones y situarlas en el conjunto, darles su peso específico en medio de otras emociones, bien para afinar nuestra valoración sobre unas u otras necesidades, sobre la medida en que lo son, su influencia en el sentido de nuestra vida o en la responsabilidad que asumimos a la hora de atenderlas.

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El pasado martes tuvo lugar en Valencia una jornada para las asesorías de los Centros de Formación, Innovación y Recursos Educativos de la Comunidad (CEFIRE). En ella se trabajaron diversos aspectos relacionados con la formación permanente del profesorado, las dificultades y los logros actuales, el futuro modelo, las competencias y perfiles de los asesores y asesoras de formación y su congruencia con los del profesorado en función de calidad de la enseñanza y aprendizaje de nuestro alumnado, etcétera.

Nuestra jornada de trabajo y debate contó con algunas intervenciones externas en la sesión de la mañana. Me referiré en la entrada de hoy a una de ellas cuyo mérito, ya es bastante en los tiempos en los que estamos, fue no dejar indiferente a la mayoría del auditorio. Dentro de una actividad institucional de este tipo llaman la atención planteamientos tan radicales, en el sentido etimológico de la palabra, que prescindan de la hojarasca y ofrezcan un enfoque desde la raíz, desde los fundamentos. Me estoy refiriendo a la exposición de Agustín de la Herrán, profesor del Departamento de Didáctica y Teoría de la Educación en la Universidad Autónoma de Madrid, que no nos dejó indiferentes aunque fuera por distintas razones.

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Acabamos de cambiar de año. Habrá quien diga, sin embargo, que el mero sucederse de fechas no es sino un eufemismo de nuestro propio devenir por esta vida con todas sus grandezas y todas sus miserias.

En España la población con 65 años o más era el 1 de enero de 2014 de 8.442.427, un 18,1% del total. Medio siglo antes, en el año 1950, el porcentaje de españoles y españolas de estas edades era del 7%. Sí, al igual que sus gentes, también envejecen los países. La célebre película de los hermanos Coen que da título a esta entrada se nos antoja cada vez más ficticia. En efecto, cada vez más, es país de y para viejos.

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Tabletas, libros electrónicos, móviles inteligentes... son regalos que se han prodigado en estas fechas, regalos relacionados con la comunicación y, en cierto sentido, instrumentos útiles para la lectura y la escritura cotidianas.

En mi caso, tal vez no haya llegado a merecer obsequios como los anteriores (procuraré enmendarme) pero sí he recibido, entre otros más modestos, un libro que he aprovechado para leer durante las vacaciones Leer en el centro escolar. El plan de lectura de Gemma Lluch y Felipe Zayas. Esta publicación, precisamente, concede bastante espacio de calidad a la lectura en la red y al uso de otros formatos además del clásico libro en papel para el trabajo de los centros sobre la lectura.

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Las vacaciones comienzan; el año termina. Fechas en las que se prodigan a diestro y siniestro los buenos deseos, días de ilusión para pequeños y mayores, la lotería la promesa condicionada de los regalos, citas en el calendario que este año se hacen coincidir aproximadamente con unas elecciones generales de cuyos (inciertos) resultados van a depender muchas orientaciones políticas en torno a la educación. En fin, momentos dominados por la expectación y las buenas intenciones.

En una ocasión tan propicia a uno se le ocurre imaginar qué pediría para mejorar el panorama educativo que gozamos y padecemos. Dan ganas de volver a los años en que escribíamos listas interminables, retos complicados incluso para unos seres mágicos que creíamos todopoderosos. Se acababa imponiendo entonces la autoridad de los padres y las madres a estos auténticos catálogos de juguetes en forma de carta. Pide solo una cosa. Si tuviera que elegir, ¿cuál sería mi deseo?

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Estampa de mañana pocas semanas antes de Navidad en la puerta de un colegio. Un repartidor distribuye entre una nube de niños y niñas catálogos de una juguetería. Por la tarde, el mismo catálogo, ahora garabateado, muestra aquellos productos que les gustaría recibir como regalos. Quedan pocos artículos sin señalarse, sin rodearse una y otra vez en la vana ilusión de que ese círculo que los bordea los vaya a retener e impedir que se escapen. Me lo pido. Todo.

Las próximas fiestas son un momento ideal para cuestionar nuestra conducta con respecto al consumo, también unas fechas en las que resulta más evidente la necesidad de una educación para un consumo responsable y sostenible. No se trata de un esfuerzo anecdótico y pasajero, de promover un buenismo en días en que parecemos estar llamados y llamadas a la solidaridad, se trata de la contribución de la escuela a la sostenibilidad y a la promoción de ciudadanos y ciudadanas libres, conscientes y responsables.

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El 10 de diciembre se celebra el Día Internacional de los Derechos Humanos. Se conmemora el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948.

Este documento imprescindible recoge en sus treinta artículos un ideal que los distintos países se comprometen a hacer realidad para todas las personas, unos derechos básicos y, al menos en la teoría, inalienables que, hoy en día, casi setenta años después, parecen objetivos aún lejanos, promesas utópicas para muchos gobiernos que eluden su responsabilidad como garantes de su desarrollo y cumplimiento.

La educación es una herramienta, no la única pero sí una importante, que participa de esta garantía, un ámbito de trabajo imprescindible para asegurar el futuro de esta reivindicación más actual que nunca, en tiempos en que muchos de estos derechos se ven limitados en función de otros condicionantes como la seguridad, la invocación a las diferencias culturales como justificación de sus violaciones sistemáticas o el beneficio económico (sobre todo, el de quienes están en condiciones de imponer este a las aspiraciones de dignidad de la gran mayoría).

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El tema de hoy está inspirado por la lectura de una entrada de XarxaTIC, blog educativo de Jordi Martí, pleno de honestidad en sus opiniones, compartidas o no, y recomendable para cualquier persona curiosa e inquieta ante el tantas veces contradictorio campo en el que se mueve nuestra educación.

El recreo no deja de ser un gran olvidado en la preocupación por los procesos de enseñanza y aprendizaje. Tiempo y espacio de descanso y de juego constituye en sí mismo algo más, un verdadero ecosistema, como pocos dentro del centro, adaptado a la dimensión de nuestro alumnado, un ecosistema menos artificial que el reproducido dentro de las paredes de las aulas, en el que los espacios, los tiempos, las palabras y los movimientos obedecen a unas reglas preestablecidas en cuya negociación y adopción nuestros niños y niñas, nuestros jóvenes no han tenido ni voz ni voto. El recreo no es un tiempo muerto entre dos clases, al contrario, un tiempo mucho más vivo que muchas de aquellas.

Cuando he revisado lecturas en torno a esta cuestión, he encontrado muchos planteamientos reivindicativos del valor del recreo en el aprendizaje. Cito algunos bien sabidos:

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Se acerca el 25 de noviembre, Día internacional de la eliminación de la violencia de género, una fecha, por un lado, cada vez más presente en las agendas de nuestras ciudades y escuelas y, por otro, tristemente, una celebración aún pertinente. La prevención y la lucha contra la violencia de género se ponen una vez más de actualidad en torno este momento del año, algo que debería suceder después de cada muerte, cada acto despreciable de agresión, cada martillazo de un goteo que no cesa, día sí y día no, causándonos pérdidas irremplazables a todas y a todos, por más que nos acostumbremos, por más que se quiera ver a veces como algo esporádico o inevitable.

La escuela, en tanto que institución que forma parte de esta sociedad abatida por la lacra de la violencia de género adquiere una responsabilidad en su demolición cotidiana. Niños, niñas, jóvenes, permanecen en ella durante años, protagonistas de una educación que algo tendría que decir frente a ella. Quizás no se cuenten con todos los medios y herramientas deseables. Tampoco logramos sacudirnos de esa perniciosa idea de compartimentos educativos, de los reinos de taifas en que se convierten aulas, departamentos, ciclos, etapas... Son limitaciones importantes para la previsión de tiempos y espacios, de responsabilidades en el momento de afrontar algo tan transversal e imprescindible como una educación por la igualdad de derechos y oportunidades de todas las personas.

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El pasado viernes tuvo lugar en el salón de la Parroquia de San Francisco de Sales de nuestra ciudad una interesante charla de José José Gil, enfermero de la Unidad de Conductas Adictivas (UCA) de Elda referida a la adicción a las tecnologías y su efecto nocivo entre la población más joven como generador de dependencia, de aislamiento social y apartamiento de hábitos saludables y propios de esas edades y de falta de control sobre la propia conducta. La iniciativa de este encuentro, que contó con la asistencia de un nutrido número de adolescentes, se demostró muy oportuna ante el aumento de casos detectados y tratados desde la UCA de Elda, una de las que cuenta con personal especializado en este tipo de adicciones.

Varias son las ideas que merecen la pena destacarse desde el punto de vista de la educación, uno de los tres pilares de acción (junto a la familia y el sector sanitario) para afrontar un problema que amenaza con crecer en los próximos años y que, como se subrayó, habiendo pasado muy desapercibida desde todos ellos, solo desde hace poco tiempo está revelando de forma más notoria sus enormes riesgos.

Acerca del autor

Autor: Jesús María "Pitxu" García

Jesús María "Pitxu" García Sáenz (Vitoria-Gasteiz, 1970) es doctor en Filosofía y Letras (sección Filología Hispánica) por la Universidad de Deusto. Como profesor de Secundaria ha trabajado en el IES Azorín de Petrer y en el CEFIRE de Elda, en la asesoría de plurilingüismo y en las de referencia sobre programas europeos y coeducación.

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