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Mario Lorenzo Quintanilla es de Elda, tiene 32 años, estudió en el colegio Pintor Sorolla, el instituto Monastil, después cursó Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad de Alicante y le falta solo una asignatura para terminar Periodismo. Desde hace un año trabaja en Santiago de Chile como voluntario internacional de la Fundación Ciudadano Global-Servicio Jesuita a Migrantes , una organización no gubernamental sin ánimo de lucro para migrantes y refugiados vulnerables en las localidades de Arica, Antofagasta y Santiago (Chile). 

¿A qué se debe que  su destino sea Santiago de Chile?

Llegué aquí a través del programa VOLPA, Voluntariado Pedro Arrupe de la ONG española Entreculturas. Para ello tuve que realizar una formación previa en la delegación de Entreculturas Valencia, centrada en las motivaciones de la persona y en el cambio de su mirada respecto al Sur. Ciudadano Global forma parte de una red presente en más de 70 países en los que existen Servicios Jesuitas a Migrantes y a Refugiados.

La misión es promover una cultura de acogida en Chile gracias a que respeta, acompaña y defiende la dignidad de las personas que migran en situación de vulnerabilidad. 

¿Qué trabajo realiza en este país?

Soy el responsable de Comunicaciones de la Fundación, contribuyendo con mi labor en el trabajo de sensibilización e incidencia, ya que la sociedad chilena necesita cambiar de mirada y convertirse en una sociedad de hospitalidad y acogida. Chile es un país de muchas desigualdades y se caracteriza por tener rasgos de racismo, clasismo y xenofobia, sobre todo hacia los inmigrantes procedentes de países como Perú, Bolivia, Colombia, Haití o República Dominicana. Esa discriminación no es igual con los extranjeros procedentes de Europa y Estados Unidos, a los que no se les suele discriminar, en todo caso positivamente. De hecho, yo he sentido esa discriminación positiva, por ejemplo conocí a un hombre chileno con el que apenas intercambié unas palabras y, por el hecho de ser español, decidió regalarme una entrada a un concierto de Ana Belén y Víctor Manuel. 

 

¿Es este su primer trabajo?

Anteriormente trabajé como ejecutivo y estratega en una agencia de publicidad durante casi seis años y, posteriormente como publicista freelance y asesor de comunicación política. También he colaborado en comunicación con el Museo del Calzado y Vivir TV, donde presenté un programa sobre fiestas de Moros y Cristianos. Además colaboré durante un año como jefe de prensa con la Fundación Dharma. 

¿Cuál fue su motivación para irse de España?

Mi principal motivación vino de la convicción de querer vivir una experiencia de voluntariado internacional transformadora, ya que en los últimos años me he dado cuenta de que la única forma de transformar el mundo es empezando por uno mismo.

¿Qué proyectos profesionales tiene?

Me han ofrecido la oportunidad de quedarme contratado como responsable de Comunicaciones. Sin embargo, he respondido que no pues, aunque me gusta la vida que tengo aquí, siento que me falta algo y quizá pasa por tener cerca a mis seres queridos, aunque las nuevas tecnologías ayudan a mitigar la añoranza de la familia y amigos. Pero no sé si cambiaré de decisión.

¿Cómo vive la experiencia de estar en otro país?

Mi experiencia es completamente transformadora, con un gran aprendizaje personal, pues soy más abierto, menos permeable a los prejuicios y mitos y más flexible ante la vida y compromiso para afrontar injusticias, aunque sea con un pequeño granito de arena. También me llevo un aprendizaje profesional en el campo de la comunicación social que me permitirá acceder a instancias a las que hasta ahora nunca había tenido la oportunidad de llegar, como estar en la Comisión del Congreso donde se está discutiendo el proyecto de Ley de Migración y Extranjería. 

¿Qué le resultó más sorprendente a su llegada?

El nivel de vida de Chile, que en algunas cosas es más caro que España, cuando el sueldo mínimo es de 210.000 pesos, poco más de 300 euros. También me llaman la atención las desigualdades, el clasismo y la discriminación que caracteriza a Chile. Pese a que el país tiene una buena economía, el reparto de la riqueza es desigual y, además, tiende a esconderse la pobreza, a diferencia de otros países de Latino América. 

¿Ha hecho amistad con otros españoles?

No me relaciono con españoles en tanto que las condiciones económicas de algunos de ellos, con buenos sueldos, les llevan a tener un ritmo de vida y ocio que no están a mi alcance. Los españoles con los que más me relaciono están vinculados al campo social en el que me muevo. 

Entonces, ¿le compensa económicamente?

No hay compensación económica, pues no cobro un sueldo, sino lo que se llama «dinero de bolsillo» para transporte y alimentación y vivir con cierta austeridad, aunque cuento con vivienda facilitada por la Fundación en la que estamos cuatro voluntarios, dos chicas colombianas, una alemana y yo. Pero uno aprende que se puede vivir con mucho menos y que el ser humano tiene una gran capacidad para adaptarse a cualquier situación.

¿Qué es lo que más le gusta del lugar donde vive?

Lo que más me gusta es la oportunidad de descubrir algo nuevo cada día, poder reinventarte en tu cotidianidad, conocer a personas de muchas nacionalidades diferentes y sentir que día a día creces como persona, puedes abrir tu mirada al mundo y a lo diferente, enriquecerte con la diversidad de otras culturas. También me gusta el carácter acogedor que los chilenos me muestran. Sin olvidar la oferta cultural de Santiago y el poder viajar por varias parte de Chile. 

Lo que menos...

Aparte de las desigualdades que se viven en Chile, lo que menos me gusta es el llamado «smog», una especie de humo generado por la contaminación que cubre el horizonte de la ciudad y que la mayor parte de días impide que se vea la Cordillera de Los Andes, y el tiempo que se dedica a los desplazamientos en una ciudad de cerca de siete millones de habitantes. Con todo, es una experiencia mejor de lo que esperaba.

¿Qué anécdota resaltaría?

Una vez a la semana acompañamos a mujeres migrantes encarceladas. Realizamos talleres y conversamos. Sin duda, me han ayudado a derribar prejuicios y mirar el mundo de otra forma.

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